miércoles, 4 de diciembre de 2013

La literatura no sirve para nada


Júpiter nos ha puesto dos alforjas: la de detrás de nuestros hombros, llena de nuestros defectos, y la de delante de nuestro pecho, llena de los vicios de los demás. Por este motivo no podemos ver nuestros defectos, pero cuando los otros hacen algo malo somos jueces muy estrictos. Nos lo enseña Fedro en la fábula latina. Esopo en El cuervo y el cisne demuestra que el cambio del hábito no puede cambiar la Naturaleza que se trae y en El asno y su sombra, que el egoísta siempre termina sin nada. Es éste el gran poder de la literatura: la enseñanza, muchas veces oculta por la diversión. 

Librería de Cincinnati en 1874

La literatura es uno de los más grandes regalos que el hombre se ha hecho a sí mismo inventándola, pero parece que hoy en día lo esté olvidando, apartándola a un papel marginal en la vida diaria. Uno de los placeres más grandes en le vida es ir a una librería, rodearse de mil personajes diferentes, que cuentan su propia historia, que permiten conocer nuevos mundos, vivir durante un instante una vida que no es la propia. El hombre de siglo XXI parece no quedar capturado por el olor de los libros: exudan conocimiento, evasión, placer lúdico. Antoine Compagnon vivió este encanto, fue capturado y con gran claridad explicaba “Para qué sirve la literatura”: placere et docere, reunificar la experiencia, restaurar la lengua. A la claridad se suma la humildad: “No pueden imaginarse cuánto le falta a mi formación Humanista, todo lo que no he leído todo lo que no sé: ya que en la disciplina para la que me han elegido soy prácticamente autodidacta(…)”. Pero un autodidacta que coge el verdadero sentido del Carpe Diem de los libros como un imperativo: “¡léeme ahora!”, aprende mucho más que quien opina que tendrá siempre tiempo para leer un buen libro y no entiende que el tiempo es más voraz que un buitre.

Pero ¿Cómo ser un buen lector? Vladimir Nabokov en Good Readers and Good Writers dice que un lector bueno tiene que tener imaginación, memoria, un diccionario adecuado y capacidad artística. No es suficiente. Falta la cualidad indispensable: ser un re-lector. Leed el texto otra vez, leedlo a distancia de unos años: seréis más maduros, menos estresados, más abiertos y el texto será diferente. Las palabras que leeréis tendrán un sentido diferente: tan precioso que os harán sonreír, tan oscuro que habríais preferido dejarlo en la estantería. Con la literatura tenéis que ser pacientes: no se percibe en un acto único.


Canestra di frutta, Caravaggio, 1596, Pinacoteca Ambrosiana, Milán.
                              
Leer un texto es como mirar a una pintura: erróneo es el pensamiento de quien cree que un lienzo es algo que se puede entender con una sola mirada. Los demás ven la Canestra di frutta de Caravaggio como una naturaleza muerta, pero si se coge su verdadera naturaleza se entenderá que es como un retrato. Un elemento es la posición: la cesta está colocada sobre un parapeto, de la misma manera que los retratos de Tiziano, donde el representado se muestra con la figura cortada por la pared. Otro elemento es el verismo: la opacidad de los colores, las hojas secas y la manzana comida por el gusano. No se puede percibir la distancia entre las frutas, siguen una continuidad vertical como la figura de una persona. Cada fruta es diferente que otra, como los rasgos de la cara. Una pintura puede revelar muchas cosas, pero el espectador tiene que hablar su mismo lenguaje. 

Un libro puede que hable más claramente, pero si no lo sabemos escuchar nunca entenderemos lo que quiere comunicar. Entonces, la literatura no sirve para nada si no tenemos tiempo para leerla, y sobre todo, si no sabemos leerla.


Anita Orzes

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