sábado, 15 de noviembre de 2014

¿Qué es la Historia?¿Cómo se construye y para qué sirve?

En una sociedad como la del siglo XXI, en la que prima la rapidez, los valores del progreso, de la efectividad, de la competitividad o del rendimiento y producción económica, la pregunta ¿pará qué sirve la historia? solo encuentra una respuesta: para nada.
           
La historia no es una ciencia experimental, ni mucho menos práctica, en la que tras una serie de operaciones matemáticas, físicas o químicas, ni tras estudios estadísticos o de probabilidad se llegue a una serie de conclusiones positivas, medibles, cuantificables. En este sentido, la historia no sirve para nada.

Ello lleva entonces a formularse y reflexionar en primer lugar, sobre qué es y no para qué es la historia, puesto que si conocemos la esencia de la misma podremos indicar cual es por naturaleza su finalidad y cómo se ha de desarrollar.

La historia es una ciencia humanística y por tanto, una ciencia que estudia al hombre, pero no como lo harían otras ciencias de esta misma naturaleza como la filosofía, sino que la historia, estudia al hombre en un tiempo y espacio concretos, atendiendo a los hechos y a las acciones del mismo, así como a sus repercusiones de las que somos herederos en la actualidad, tanto a nivel material como de pensamiento, creencias, etc.

Por tanto, entendiendo la historia como ciencia cuyo objeto de estudio es el hombre, en un marco espacio-temporal concreto, y sus acciones pasadas mediante las cuales se ha ido configurando el presente, cabe preguntarse cómo se hace historia.

La historia no es “simple tradición” como señaló Henry Ford, ni una tradición que se repite en un “incesante volver a empezar”, como apuntó Tucídides, puesto que como dijo el célebre dramaturgo español Jacinto Benavente, “una cosa es continuar la historia y otra repetirla”.

La historia, desde el punto de vista científico, es una sucesión de acontecimientos humanos del pasado, que no se volverán a repetir nunca más, puesto que cada hombre, cada persona y cada circunstancia es única. No obstante, precisamente porque todas las personas son hombres, encontramos en sus acciones aspectos propios de su naturaleza racional, o respuestas parecidas fruto de la voluntad y de la libertad, que hacen que percibamos las mismas como una repetición de esas situaciones o sucesos que acontecieron en épocas pasadas, puesto que el hombre sigue siendo hombre.

En este sentido la frase del escritor francés Paul Valéry, “la historia es la ciencia de lo que nunca sucede dos veces”, es real. La historia no puede repetir, como puede hacerlo la ciencia, una serie de experimentos y fórmulas bajo las mismas condiciones, porque en ese caso estaría obviando la característica fundamental de la esencia del objeto de su estudio: la libertad del hombre, que le hace ser único.

Es el hombre quien con sus acciones libres y con las responsabilidades que de ellas se emanan, el que va forjando la historia. La afirmación de Otto von Bismarck, -el político alemán del siglo XIX-, que sostenía que “no podemos hacer historia, sino solo esperar a que se desarrolle”, es a mi juicio falsa, porque la historia no es fruto del azar, sino que es el resultado de las acciones que el hombre como ser racional, con inteligencia y voluntad, y por ende, con libertad, va tomando a lo largo de su vida.

Por ello, la célebre frase de que la historia es maestra de vida, a pesar de que haya autores como Camille Sée, -político y abogado francés del finales del siglo XIX y principios del siglo XX-, para quien “la historia se repite, lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan”, o Aldous Huxley, -novelista, ensayista y poeta inglés también de finales del siglo XIX y principios del siglo XX-, para quien “quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”, en parte es cierta, pero ha de ser matizada.

La historia es lección para la vida, porque de ella se puede aprender y reflexionar sobre lo que es capaz de hacer el hombre, -tanto bueno como malo-, precisamente por ese buen o mal uso de su libertad, que no es simplemente la capacidad de acción o de tomar decisiones, sino muchas veces la disposición de aceptar circunstancias o de perdonar, como expone maravillosamente en su libro La libertad interior, Jacques Philippe. Sin embargo, el hombre, -por ese don de la libertad-, puede o no optar por aprender de ella y tenerla como referente en muchas ocasiones, sabiendo que a pesar de ello, no volverá a suceder igual, precisamente por el carácter único de la persona que se ha señalado anteriormente. De ahí que Cicerón apunte que “no saber lo que ha sucedido antes que nosotros es como ser incesantemente niños”, pues sin conocer, no se puede amar, -acción y fruto de la voluntad-, y por tanto, obrar libremente, lo que supone al fin y al cabo ser responsable, y madurar en la vida como persona.

Sin embargo, la construcción de la historia como ciencia, es el fruto de la interpretación que los hombres, bien en el momento en el que acontecen los sucesos, bien pasado el tiempo respecto a los mismos, y basándose en los elementos o materiales que se han conservado y que den testimonio de ellos, realizan. En este sentido, el historiador tiene el deber como señaló Oscar Wilde, de “reescribir la historia”, y de hacerlo con la mayor lealtad a la verdad que de ella se vaya sabiendo, y la mayor humildad ante, por un lado, el desconocimiento de la misma, y por otro, ante la percepción de nuestra finitud en cuanto a nuestra capacidad de conocer. Por ello, el historiador ha de estar abierto al asombro, al descubrimiento, y en definitiva, abierto a la verdad que se vaya revelando ante sus estudios o investigaciones, e incluso, más aún, abierto a la verdad que aún no conoce, pero que ello no significa que no exista.

Tras estas meditaciones, cabe entonces regresar al comienzo de esta reflexión para preguntarse, -ahora sí-, por la finalidad de la historia. Pues bien, la historia sirve para conocer más al hombre, -que en definitiva, es conocerse cada vez más también a uno mismo-, y su pasado, porque solo así, conociendo la esencia de la misma, se podrá llevar  a cabo una existencia acorde a la primera, que permita alcanzar el fin último de todo hombre: la felicidad; ya que esta se encuentra en la Verdad, que podemos conocer porque se nos ha revelado y se nos revela, en cada hombre y en cada circunstancia.

Cristina Muñoz-Delgado

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