sábado, 21 de mayo de 2016

Realistas de Madrid

A una semana de que termine, por fin he podido sacar un hueco para ver la exposición Realistas de Madrid en el Thyssen. En ella se muestran pinturas y esculturas realizadas por el grupo integrado por Amalia Avia, Antonio López, Francisco López, Julio López, María Moreno, Isabel Quintanilla y Esperanza Pavada. Se conocieron como estudiantes en Madrid y juntos comenzaron a desarrollar un arte de carácter realista, en clara oposición al arte abstracto que imperaba en el momento. En la exposición se destacan los paralelismos e influencias entre sus obras, lo que permite descubrir la sensibilidad propia de cada uno de ellos.

Antonio López Torres (sentado), Isabel Quintanilla, Antonio López García, Francesco (hijo de Isabel Quintanilla y de Francisco López), María Moreno y Francisco López en Tomelloso, 1973
Una de las obras que más me ha impactado ha sido el famoso Lavabo y espejo de Antonio López, donde la ausencia del ser humano (una constante en las obras de los realistas) se percibe de una forma mucho más radical. Los otros bodegones y paisajes, realizados con una técnica casi hiperrealista, son escenas que nos resultan más familiares. Sin embargo, dentro de estas escenas cotidianas, la vista del lavabo de Antonio López tiene algo de inquietante: nadie puede situarse frente a un espejo sin ser reflejado. Es un imposible. Aquí es donde realmente notamos la ausencia del ser humano de una forma mucho más llamativa gracias al realismo minucioso con el que se nos presenta la escena.

Antonio López, Lavabo y espejo, 1967. Museum of fine Arts, Boston.
Mi gran descubrimiento de la tarde ha sido la figura de Isabel Quintanilla. Las únicas obras suyas que conocía antes de visitar la exposición eran dos grabados que había realizado para la Fundación Amigos del Museo del Prado interpretando las colecciones del museo (más info). Me han entusiasmado sus bodegones y sus vistas de jardines, pero muy especialmente dos de ellas: El teléfono y El jardín.

Isabel Quintanilla, El teléfono (detalle), 1996. Colección particular.
Lo que más me ha gustado de El teléfono ha sido lo que me ha recordado a La Tour (otro artista que he redescubierto recientemente y del que me gustaría escribir en algún momento): un interior iluminado con luz artificial que crea una sensación de intimidad palpable, aunque, como hemos visto antes, sin presencia de figura humana ninguna.

Georges de La Tour, La Magdalena con la llama humeante, h. 1638-40. Los Ángeles County Museum of Art
Por su parte, El jardín tiene un recuerdo a la pintura pompeyana, con su pared roja sobre la que destacan las siluetas de los árboles y los rosales del jardín, sin dejar espacio alguno al cielo o a ningún otro horizonte más allá del muro del patio.

Isabel Quintanilla, El jardín, 1966. Colección particular.
Me gusta descubrir cómo los artistas contemporáneos se inspiran,  reinterpretan y construyen su propia obra basándose en el arte del pasado. No estoy tan de acuerdo con aquellos movimientos artísticos cuyo único motor de movimiento es la destrucción de todo lo anterior. Ésa fue una revolución que estuvo bien en su momento y fue necesaria para liberar al arte de ataduras, pero una vez conseguido creo el mejor modo de construir es apoyándonos en los grandes logros de aquellos que vivieron antes que nosotros.Y para ilustrarlo, os traigo la siguiente viñeta que Francisco J. Olea publicó con motivo del día mundial del Arte.

Almudena Ruiz del Árbol

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